El insólito capricho de Michael Jackson que puso en jaque al Palace: quería convertir su habitación en una pista de baile

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Michael Jackson dio tres concieftos en España aquel 1988: Marbella, Madrid y Barcelona.

Hay quien pide otra almohada. Una botella de champán. Quizá, que le suban la cena a la habitación. Michael Jackson pidió una pista de baile. En pleno Palace de Madrid. En la 586. Era agosto de 1988 y el rey del pop estaba de gira por España, pero descansar, por lo visto, tampoco entraba demasiado en sus planes. Mandó preparar el suelo para poder ensayar allí mismo, a pocos metros de la cama. La escena es curiosa. Afuera, la capital trataba de sobrevivir al calor estival. Dentro, uno de los artistas más famosos del planeta repetía pasos sobre un tablao construido expresamente para él. Una vuelta. Un golpe de hombro. Otro intento. Mientras buena parte del hotel dormía, Jackson seguía bailando. Porque algunas obsesiones no entienden de horarios. Ni, por lo visto, de habitaciones.

No era una semana cualquiera. Jackson había aterrizado en España con el Bad World Tourrodeado de una expectación difícil de medir sin recurrir a cifras enormes. Acaba de actuar en Marbella y tenía por delante el Vicente Calderón en Madrid y el Camp Nou en Barcelona. Tres ciudades en cinco días. Verano español, además: traslados, pruebas de sonido, seguridad, periodistas y un espectáculo que exigía precisión quirúrgica. Nunca sobraban los ensayos. Y, aunque las fuerzas flaqueran, siempre encontraba un hueco para seguir perfeccionando el show. Para el artista, su habitación de hotel no era un lugar de descanso, sino un camerino, un refugio y un gimnasio. En su universo, hasta dormir parecía quedar encajado entre dos coreografías.

Michael Jackson, en 1988.
Michael Jackson, en 1988. / WIKIPEDIA

El Palace, claro, estaba acostumbrado a huéspedes célebres. Inaugurado en 1912 y convertido con los años en una especie de álbum de visitas ilustres de Madrid, por allí pasaron escritores, pintores, actores, músicos y políticos. Pero lo de Jackson tiene algo especial. Porque no pidió transformar la decoración ni llenar la bañera de champán, ejem. Quiso bailar. El lujo, para él, no consistía en hacer menos, sino en poder seguir haciendo exactamente lo mismo estuviera donde estuviera. Si el escenario quedaba al otro lado de la ciudad, se acercaba el escenario hasta la cama. Y el hotel cumplió: en pocas horas, allí tenía instalada en su habitación una pista de baile para seguir, cómo no, ensayando.

Hay algo fascinante en imaginarlo allí dentro. No tanto por el extravagante capricho de una estrella, que también, sino por lo que cuenta de su manera de trabajar. Cualquiera que haya ensayado una canción frente al espejo y marcado un ritmo con los pies debajo de la mesa entiende, a una escala infinitamente menor, ojo, esa necesidad de probar una vez más. Sólo que él era Michael Jackson. Cada movimiento que sobre el escenario parecía surgir de la nada llevaba detrás horas de repeticiónBillie Jean no podía tropezar. Bad necesitaba filo. Cada giro debía caer donde tocaba. Aquel cuerpo que, frente a miles de personas, parecía discutir con las leyes de la anatomía se construía así: a base de insistencia. La 586, en el fondo, desmonta un poco el truco. Detrás de los guantes, los calcetines y los gritos había un hombre encerrado en un hotel repitiendo pasos hasta que lo dificilísimo pareciera sencillo.

Acontecimiento nacional

Madrid lo esperaba fuera. El 7 de agosto, 60.000 personas llenaron el Vicente Calderón para verlo en uno de los grandes acontecimientos musicales de aquel verano. Fueron dos horas de espectáculo, coreografías medidas al milímetro y canciones que ya formaban parte de una liturgia mundial. Pero antes de semejante despliegue hubo un trabajo mucho menos espectacular. Un pie que se desliza. Un hombro que cae medio segundo antes. La cabeza que gira. Otra vez. Y otra. Quizá, ahí esté lo mejor de la historia. La distancia entre una habitación del Palace y un estadio abarrotado era enorme, pero para Jackson el concierto empezaba mucho antes de que se encendieran los focos. Empezaba arriba, sobre un suelo provisional, cuando todavía no había nadie mirando.

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Hoy el Palace continúa en pie, renovado, brillante y agarrado a su memoria, como hacen los hoteles que han visto demasiadas cosas para presumir únicamente de sábanas. Y la 586 pertenece a ese inventario de historias que convierte un simple número en algo más. La de Jackson conserva, además, una potencia especial porque apenas necesita adornos. Basta imaginarla. Agosto. Madrid. Un pasillo en silencio. Algún huésped tratando de dormir y, detrás de una puerta, el rey del pop contando tiempos para sí mismo. Uno, dos, tres, cuatro. Tal vez, afinando el paso que unas horas después haría rugir a un estadio entero. No sabemos cuánto tiempo estuvo bailando ni qué canción sonaba allí dentro. Tampoco hace falta. Para casi cualquiera, una habitación de hotel es el lugar donde parar. Para Michael Jackson, ni siquiera eso. Si había suelo, había pista. Y, si había pista, aún quedaba algo por perfeccionar.

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