
Nina Farag no acaba de empezar, aunque muchos la acaben de descubrir. Esta cantante y compositora californiana, afincada en Madrid, lleva años escribiendo canciones. Pero no fue hasta hace unas semanas que publicó su primer single, Time, un tema íntimo y lleno de capas que habla del amor, del tiempo y de las vidas que quizá ya vivimos.
Enfrentarse a uno mismo cuando se es artista
A veces, el primer paso no es componer una canción, ni subirse a un escenario. A veces, el primer paso es atreverse a mostrarse.
Para Nina Farag, lanzar su primer single ha sido eso: un acto de valor. Time no es solo una canción que escribió hace seis años en Dublín, cuando terminaba su carrera de música. Es una canción que tuvo que esperar a que ella estuviera lista. “Fue mucho trabajo para darme cuenta de que no tiene que ser perfecta y nada es perfecto”.
Nina ha vivido en California, Irlanda, Valencia y ahora Madrid. En cada ciudad fue dejando capas de sí misma. Pero hay algo que siempre ha llevado con ella: su necesidad de cantar. “Siempre he sabido que la música es la cosa. Supongo que lo que tengo que hacer”.
Contra el perfeccionismo y la presión de encajar
La música de Nina nace del cuestionamiento. Del dolor, a veces. Pero también del deseo profundo de ser fiel a una misma.
En Unapologetically Me, uno de sus próximos lanzamientos, habla de los estándares imposibles que nos rodean: “Es sobre todos los presiones que existen en el mundo para ser de este modo, o de ese modo… y cómo realmente solo quiero ser yo misma”.
No habla desde un lugar teórico. Lo hace desde la experiencia. Desde el cuerpo que habita y la mirada que construye. “Creo que hay presión, de todos modos, entre artistas y no artistas. Pero sí, creo que hay algo sobre ser mirada, ser visto por muchas personas, que le ponen un extra nivel”.
Como artista, se ha propuesto escribir desde ahí. Desde lo que nos atraviesa a diario. Desde las preguntas que no siempre tienen respuesta, pero que siguen latiendo.
Vivir lejos de casa, crear desde la incertidumbre
Instalada en Madrid desde hace dos años, Nina sigue abriéndose paso en una escena musical donde a menudo se siente extranjera. “A veces siento algunas personas no me permiten entrar porque soy de fuera. Quizás es la lengua, o quizás porque no soy de aquí. No sé. He experimentado eso un poco”.
A todo eso se suma el vértigo de ser artista independiente: componer, producir, promocionar, diseñar contenido, tocar en directo, encontrar espacios. Todo mientras sostiene otro trabajo para poder vivir. “La cantidad de cosas que hacer es interminable… y además de eso, todavía estoy trabajando en otro trabajo para salir adelante”.
Junto a su mejor amigo Álvaro, su compañero musical que conoció estudiando en Dublin, ha llevado sus canciones a escenarios como El Náutico de San Vicente o el Montreux Jazz Festival. Espacios donde la música se comparte de verdad, sin artificios. Y ahí, entre guitarras, nervios y personas bailando, Nina se reencuentra con lo que la impulsó a empezar.
Cuando cantar es también resistir
Una de las canciones que está a punto de lanzar habla de Gaza. La escribió rápido, con urgencia, pero también con una claridad conmovedora. “Siento que tengo que hablar de esto, porque es… sí, es solo… realmente no hay palabras. Pero todas las cosas que he visto y que he aprendido, y no sé cómo podemos permitir que esto suceda ahora mismo”.
Aunque se define como alguien con una plataforma pequeña, cree firmemente en la responsabilidad de hablar, de dar voz, de no mirar hacia otro lado. “Incluso si tengo una pequeña plataforma, necesito decir algo”.
La suya es una voz que no pretende liderar, ni sentar cátedra. Solo recordar que el arte también puede ser memoria, conciencia y ternura al mismo tiempo.
Hacer sentir: eso es todo
Cuando habla, Nina baja el ritmo. Se toma su tiempo. No tiene prisa por impresionar. Y tal vez por eso logra conectar. Porque no viene desde el personaje, sino desde la persona. Desde el lugar donde no hay certezas, pero sí una intuición clara: que cantar puede ser una forma de estar en el mundo con más verdad.
“Si puedo inspirar a alguien a conectarse con sus emociones, a conectarse con ellos mismos o con otras personas, entonces creo que he hecho mi trabajo”.
Y aunque a veces la industria, los algoritmos y las etiquetas vayan en otra dirección, hay artistas como ella que se empeñan en recordarnos lo esencial: cantar no es aparentar, es compartir.

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