
En su día, hace 55 años, quisieron desarrollar los hallazgos de los Beatles de ‘Sgt. Peppers’ y fundir orquestaciones clásicas con guitarras y teclados enchufados. De esa idea nació la Electric Light Orchestra, y no les salió nada mal. El don de Jeff Lynne por la construcción del artefacto pop refinado, con sus enredaderas melódicas (esos ‘earworms’, estribillos ‘superglue’, mezcla de euforia y melancolía), les suministró éxitos para dar y vender, y se ganó una admiración que, en un diálogo de ida y vuelta, sedujo a los mismos Beatles. La aventura concluye estos días en una breve gira británica con cierre el domingo en el londinense Hyde Park que, antes, brindó sendas ofrendas (sábado y domingo) a los paisanos de Birmingham, su ciudad natal, en el Utilita Arena.
La Jeff Lynne’s Electric Light Orchestra (así se ha llamado desde su regreso en 2014) sitúa el foco en el cantante y compositor de esas piezas, única ligazón material con el pasado tras la muerte, el año pasado, del teclista Richard Tandy. Un Lynne que apareció con la mano izquierda vendada. «Toda mi vida he tenido una guitarra entre las manos, pero no esta noche. Me he roto la mano, pero no os preocupéis, nada me podrá separar de vosotros», explicó el domingo, aludiendo a la fractura que sufrió cuando un taxi en el que viajaba, en Londres, tuvo un accidente de circulación.
En realidad, tanto o más que el propio Lynne, las protagonistas fueron las canciones, esas tonadas mágicas de arreglos celestiales. A él se le vio durante todo el concierto un poco incómodo y rígido sin la guitarra, como si no supiera qué hacer con los brazos. Pero la música habló, primero con la simbólica ‘One more time’ (única cita a su último álbum, de 2019), y a partir de ahí con el viaje a ‘Evil woman’ y a ‘Da ya’, al famosísimo ‘Last train to London’ y al primigenio pop sinfónico de ‘10538 overture’. Y más y más dinámicas melódicas para degustar embobados: ‘Strange magic’ y ‘Sweet talkin’ woman’, con sus armonías vocales y su cuerda frotada (dos cellistas y una violinista), recurso que en la ELO nunca tuvo la función de embellecer sino de ‘leitmotiv’, de vigoroso generador de ganchos.
Al grupo de 12 músicos, con sendos coristas de alto nivel, se sumó un invitado: ni más ni menos que Dhani Harrison, hijo de George, que pilotó sendos sentidos recordatorios de los Traveling Wilburys, ‘Handle with care’ y ‘End of the line’. Imágenes del quinteto (los ya ausentes Orbison, Petty y Harrison, y Dylan y Lynne) en la pantalla circular, evocadora del ovni de la portada de ‘Out of the blue’ (1977).
Redoble de melancolía, y muchos números deseados todavía en la recámara: ‘Livin’ thing’ y la balada ‘Telephone line’, y de ahí a ‘All over the world’, ‘Turn to stone’ y el juego de palmas de la discotequera ‘Shine a little love’, bajo los brillos de la bola de espejos. El grosor rockero de ‘Don’t bring me down’ y el punto y final con ‘Mr. Blue Sky’, el clímax de la ‘suite’ ‘Concerto for a rainy day’. Despedida dulce, en la que el público salió del Utilita Arena con una sonrisa, insinuando algo parecido a la felicidad.

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