
Con ‘Something beautiful’ se ha hecho mayor y quiere ya a otro público, el que no se sienta en la mesa de los niños (ni el de los adolescentes con hormonas desatadas). La crítica aplaude: es una ópera rock vibrante, divertida y bailable
Bendito pólipo. Eso piensa la estadounidense Miley Cyrus, de 32 años, de lo que ocurre en su garganta. En realidad, no sabemos exactamente lo que piensa, pero sí que no se quiere quitar esa dolencia, ni aunque se lo extirpen los mejores cirujanos del planeta. Así lo ha dicho en varias ocasiones. El pólipo (llamado en medicina edema de Reinke) de la fortuna. El que hace que su voz suene diferente, única, rota, sensual. Como si fuera una Debbie Harry después de salir de fiesta, una Donna Summer en plena pista de baile o una Bonnie Tyler en pleno dramón amoroso.
Esta mezcla de voces ochenteras son las que se despliegan en su último álbum, Something beautiful, que salió el pasado 30 de mayo y que ha sido rápidamente alabado por la crítica especializada tildándolo de su disco más maduro en el que, esta vez sí, ya se puede escuchar a una Cyrus alejada completamente de su personaje adolescente de Hannah Montana y de la veinteañera que lamía martillos de sus primeros discos post Montana. Ahí van algunos de estos textos: la Rolling Stone ha descrito el álbum como «Cyrus apuntando más alto que nunca»; NME lo ha llamado «una declaración artística completamente realizada», agregando que Cyrus «graba lo que quiere, cuando quiere, porque sabe que tiene lo necesario para lograrlo»; y The New Yorker ha señalado hace solo unos días que “puede ser el primer disco de la estrella del pop que aproveche al máximo la inusual variedad de colores sonoros de los que es capaz”.
Como dijo otro y esto es innegable, canta como quiere, juguetea, prueba cosas, se arriesga. Ya es mucho más de lo que hacen otras
Crítica rendida, aunque también alguna más negativa como la de Pitchfork, que manifestó que “Something Beautiful es un álbum conceptual tonalmente inconsistente que comienza con fuerza con sus sencillos principales, pero tropieza con un pop-rock genérico y letras sin sentido”. Vale, algo de eso también hay porque no deja de ser un disco mainstream de pop, pero incluso la crítica mala alaba la impresionante paleta sonora de Cyrus. Como dijo otro y esto es innegable, canta como quiere, juguetea, prueba cosas, se arriesga. Ya es mucho más de lo que hacen otras con un producto más mercadotécnico.
Bailable pero no facilón
Something beautiful es, además, uno de esos discos por los que alguien, a priori completamente alejado de este mundo del pop-rock actual (y que jamás se le hubiera ocurrido escuchar a Cyrus), puede entrar en él, escucharlo entero en su casa y disfrutarlo. Aunque sí tiene canciones muy cantables y bailables (End of the world, Walk of fame, Give me love, Easy Lover) no tiene una pegadiza Flowers más cercana al pop facilón y al himno como sí tenía su anterior trabajo y que la puso en los números 1 de ventas de medio planeta, pero ni falta que hace.
De hecho, las ventas estos días han ido regular (porque ahora regular es no ser el primero). En EEUU ha alcanzado el 4º puesto, en Reino Unido el 3º, en Alemania el 4º y en España el 6º (aquí domina Aitana con mano de hierro y de ese reinado todavía no la baja nadie). Pero quizá precisamente esto es una buena señal que nos indica que estamos ante un buen trabajo de la que, posiblemente, es la cantante con más personalidad de su generación.
Y no ha sido fácil llegar hasta aquí. Muchos nos podríamos haber quedado pensando en Cyrus como aquella chavala que gustaba a millones de niños. En los primeros dosmil, aquella década en la que Britney Spears era la número uno, pero luego se rapaba la cabeza y protagonizaba las portadas por sus excentricidades —junto a Paris Hilton y Lindsay Lohan, que vaya tres patas para un banco—, Cyrus era la adorada niña Disney hija de Billy Ray Cyrus, un famoso cantante de country de EEUU en los noventa. No es que esto casara demasiado con la buena música.
Luego llegarían los años de romper con esa imagen. Y claro, si vienes de Disney no te queda otra que pasarte a una maximización de la sexualidad y el erotismo. Eso sería su disco Bangerz (2013) que incluye Wrecking Ball —que es una canción con un punch muy potente— en cuyo vídeo aparece desnuda sobre una bola de demolición mientras retoza con una especie de martillo. No le fue nada mal: obtuvo 19,3 millones de vistas en Vevo en las primeras veinticuatro horas de su lanzamiento, fue calificado como el más visto del 2013 y recibió el premio a mejor vídeo durante la entrega de 2013 de los MTV Europe Music Awards. Durante la entrega, subió al escenario a recoger el premio y lo celebró fumando un cigarro de cannabis haciendo alusión a la libertad que hay respecto al consumo en los Países Bajos. Otro de sus sencillos, Adore you, también contaba con un vídeo en el que aparecía en la cama sola en una escena que podría interpretarse como una masturbación. Lo vio medio planeta. La Cyrus que ya no jugaba con muñecas estaba lanzada.
Ahijada de Dolly Parton
Pero había mucho más detrás de esa imagen tan de mercado. Cyrus es ahijada de Dolly Parton y eso se nota. Ya en 2012 grababa versiones en el patio de atrás de su casa de Jolene, de Parton; You’re Gonna Make Me Lonesome When You Go, de Bob Dylan o Rebel Yell, de Billy Idol, y eso nos podía dar bastante que pensar. En 2015, por otro lado, publicó su quinto álbum, Miley Cyrus & Her Dead Petz, en el que ahondaba en el rock psicodélico —se sabe que le gusta mucho la psicodelia de los Beatles en canciones como Lucy in the Sky with Diamonds, que también ha versionado— de la mano de The Flaming Lips. Aquí teníamos a la llena-estadios pop trabajando junto a una de las bandas de los ochenta y noventa más arriesgadas con sonidos psicodélicos y cercanos a la space opera (y que nos lleva a otros artistas como Beck, MGTM o Moby).
Mientras experimentaba con sus nuevos discos, Cyrus era cada vez más solicitada para versionar grandes clásicos. A partir de 2018 se pueden encontrar versiones de Man I feel like a woman, de Shania Twain; Tiny Dancer, Don’t Let The Sun Go Down On Me y The Bitch Is Back, de Elton John; Landslide, de Fleetwood Mac; Islands In The Stream, de Dolly Parton, Heart of Glass, de Blondie; Zombie, de The Cranberries o Nothing Else Matters, de Metallica. Hasta tiene una versión blues de Maybe, de Janis Joplin, que es impresionante. Búsquenlas.
Después de la pandemia, no obstante, es cuando nos ha llegado el verdadero renacer de Cyrus, lo que ha hecho que los más distanciados hayamos puesto su mirada en ella. De hecho, en su último disco tiene una canción que se titula así, Reborn. En 2020 se divorció de Liam Hemsworth, novio con el que había tenido idas y venidas durante años —trufadas con otras relaciones con mujeres, con declaraciones sobre bisexualidad, género fluido y etc.— y empezó a ofrecer titulares por su música. Primero con Flowers, la canción del octavo disco, Endless Summer Vacation (2023), que la disparó al número uno y a unas ventas que no tenía desde Bangerz.
Flowers es una canción en la que, sin abandonar su sensualidad característica, conectó con un absoluto Zeitgeist con una letra que decía “I can buy myself flowers/ Write my name in the sand/ Talk to myself for hours/ Say things you don’t understand/ I can take myself dancing/ And I can hold my own hand/ Yeah, I can love me better than you can”. Y hasta nunca Hemsworth faltaba añadir. Cyrus había hecho un himno pegadizo muy en la honda del feminismo de estos años con el que reventó las ventas y ganó premios. Y como dijo en una entrevista, “Flowers no es mi mejor canción, pero Los Grammys me reconocieron por eso. Ganar ese premio fue superar a Disney y al personaje. Avancé muchísimo y muy rápido”.
Por eso, le quedaba salir de ahí, de lo fácil, y eso es Something Beautiful, donde ha regresado a ese rock setentero ochentero que tanto le gusta (como el de las versiones del patio trasero) y que esta vez, ha dicho ella, se ha inspirado en el The Wall de Pink Floyd. Es obvio que a esa altura no ha llegado, pero ya solo el intento y el sacarle otros partidos a su voz merecen la pena.
Cyrus ha dado un golpe en la mesa. Con el disco, con sus declaraciones en recientes entrevistas en las que habla de aquellos primeros álbumes post Montana por los que fue tan prejuzgada —“Nunca miraría a alguien de 18, 19, 20 o 21 años y lo juzgaría como adulto, porque aún no lo es”—, pero también de la actualidad. De familia de perfil demócrata —como su madrina Dolly Parton— se ha posicionado en contra de Donald Trump y ha salido en defensa de la defensa de los derechos de las mujeres, del derecho a la sanidad, del derecho a una educación pública de calidad o la igualdad de derechos de las personas LGTBI.
Se ha posicionado en contra de Trump y ha salido en defensa de los derechos de las mujeres, la sanidad, la educación pública y personas LGTBI
Incluso se ha mostrado sería con el tema de la maternidad, mostrándose muy poco entusiasta con el hecho de ser madre: “Es mucha responsabilidad, dedicación y energía, y si no te apasiona, no sé cómo puedes soportar noches de insomnio y 18 años de lo que tuvo que soportar mi madre”. En ese sentido, ha manifestado su preocupación por la presión social que suele pesar sobre las mujeres, especialmente aquellas con perfiles públicos, para cumplir con determinadas expectativas de género.
Cyrus se ha hecho mayor y quiere ya a otro público: el que no se sienta en la mesa de los niños (ni el de los adolescentes con hormonas desatadas).

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