
Cuando eran unas criaturas, las hijas de Walt Disney se enamoraron de tal forma de los libros protagonizados por Mary Poppins, aquella niñera mágica y extravagante creada por Pamela Travers, que le hicieron prometer a su padre que los convertiría en un filme. Al magnate le pareció una buena idea, así que pronto fue en busca de la escritora australiana para decirle que quería comprar los derechos cinematográficos de su obra. Pero ella se negó, en parte porque no pensaba que una versión cinematográfica iba a hacer justicia a su creación, en parte porque miraba con suspicacia a los estudios Disney, que entonces no habían producido todavía ninguna cinta de acción real. Tuvieron que pasar 20 años hasta que Travers dio su brazo a torcer y consintió en vender los derechos de unos libros que, de no haber firmado ese acuerdo, probablemente, no habrían llegado a convertirse en clásicos de la literatura infantil y juvenil.
Se dice que, en un primer momento, Walt Disney consideró a actrices como Mary Martin, Bette Davis y Angela Lansbury para el papel de Mary Poppins, basándose en la fría caracterización de los libros. Pero se decantó finalmente por Julie Andrews después de ver en 1961 a la entonces desconocida actriz británica en el programa de Ed Sullivan Toast of the Town, haciendo fragmentos de un musical basado en la leyenda del Rey Arturo que estaba representando en los escenarios de Broadway. Walt se desplazó hasta Nueva York para ver en vivo el espectáculo y conocerla. Una vez en su camerino, le ofreció protagonizar Mary Poppins. Ella le dijo que no estaba segura, porque por un lado se encontraba embarazada y, por el otro, estaba a la espera de ver si Jack L. Warner le ofrecía el papel de Eliza Dolittle en la versión cinematográfica de My Fair Lady. Pero el magnate le dijo que no había problema, que él estaba dispuesto a esperar.
Al final fue Audrey Hepburn la que se quedó con el papel de Eliza Dolittle y, entre pitos y flautas, Andrews no empezó a rodar Mary Poppins hasta 1964, justo tres meses después de dar a luz a su hija mayor. Acto seguido filmó la comedia antibelicista La americanización de Emily el musical Sonrisas y lágrimas, donde encarnó a una dulce novicia que abandona la abadía para convertirse en la institutriz de los siete hijos de un militar retirado. Terminó de preparar las tres películas antes de que se estrenara la primera, que fue un rotundo éxito comercial: logró un beneficio neto de casi 29 millones de dólares, parte de los cuales Walt empleó en hacer realidad el sistema de monorraíl de Walt Disney World. También obtuvo buenas críticas y trece nominaciones a los premios Oscar, de las que se hizo con cinco estatuillas. Una de ellas, la de mejor actriz, fue a parar a manos de una atónita Andrews, que al año siguiente volvió a optar a otra estatuilla dorada por su trabajo en Sonrisas y lágrimas, otra revientataquillas.
Aquellas dos películas musicales marcaron un antes y un después en la trayectoria de una mujer que nació con el nombre de Julia Wells en el condado de Surrey en 1935. Su padre, Ted Wells, era un señor cariñoso y adorable que se dedicó a rescatar y evacuar niños durante los bombardeos de Londres en la II Guerra Mundial. Su madre, una pianista algo temperamental llamada Barbara Morris. La pareja se separó cuando Andrews era pequeña, y la susodicha se mudó entonces con su madre y su nuevo padrastro, Ted Andrews, artista de vodevil, a lo que alguna vez se refirió como una zona marginal de Londres. Años más tarde, la actriz contó en un libro de memorias que el tal Ted Andrews era alcohólico y en un par de ocasiones intentó meterse en la cama con ella, lo que la llevó a poner un candado en la puerta de su dormitorio.
“Mi madre era muy importante para mí, y sé lo mucho que la echaba de menos en mi juventud. Pero no creo que confiara plenamente en ella”, comentó la actriz sobre una desdichada señora que, en cuanto se dio cuenta de que su hija había sido bendecida por el don de la música, con un oído perfecto y un amplio rango vocal, que abarcaba hasta cuatro octavas, la sacó del colegio y la puso a trabajar para que pudiera mantener a la familia. Con solo quince años, Andrews ya estaba viajando por todo Reino Unido para actuar en espectáculos, y a los 19 debutó en Broadway, donde pronto empezó a tomar las riendas de su vida y participó en los musicales The Boy Friend y My Fair Lady.
El salto a Hollywood
“No soy una cantante natural, para mí es puro trabajo duro y esfuerzo”, señaló en una entrevista la artista. “Siento envidia de los cantantes naturales, de las personas que pueden levantarse y cantar ‘en frío’. Yo no puedo. Cuando lo intento, sueno como un motor oxidado. Necesito seis semanas de práctica intensa antes de estar lista para que alguien me escuche. He estado entrenando toda mi vida con una mujer maravillosa llamada Madame Stiles-Allen, que solía ser una excelente cantante dramática de ópera y oratorio”.
Desde Broadway dio el salto a Hollywood, aunque no a la película My Fair Lady, ya que su productor decidió que Andrews no era lo suficientemente famosa y por eso fichó a Audrey Hepburn, que no cantaba tan bien como ella (su voz tuvo que ser doblada por Marni Nixon) pero ya era un icono en esos lares. Aunque al principio vivió eso como una decepción, aquella decisión le permitió protagonizar Mary Poppins, que la ayudó a dar el salto al estrellato. Cuando le dieron el Globo de Oro por su papel en esta película, la británica acabó su discurso lanzando una pulla: “Por último, mi agradecimiento a un hombre que hizo una película maravillosa y que hizo posible todo esto… Jack Warner”.
Después de aquella ceremonia, Andrews comenzó a acudir a psicoterapia para, según ella, “ordenar el día a día, intentando tener un poco de perspectiva sobre todo lo que estaba ocurriendo”, y protagonizó cintas de otro corte como Cortina rasgada (1966), de Alfred Hitchcock, el alegre musical Millie, una chica moderna (1967) o la comedia sobre travestismo ¿Víctor o Victoria? (1982). Pero Mary Poppins y Sonrisas y lágrimas habían tenido tanto éxito que, en sus propias palabras, “eclipsaron y eliminaron las películas menos infantiles que hice”. Aunque, como también añade, “así son las cosas y nunca lo criticaría, sino que estoy absolutamente agradecida por todo lo que me han dado”.
De hecho ha dedicado una parte significativa de su carrera al mundo de los críos. Empezando por el puñado de libros infantiles que ha escrito, a menudo con su hija Emma, con la que asegura mantener una relación muy estrecha. “Nos unimos desde el principio por muchas razones. El padre de Emma, mi primer marido [el escenógrafo Tony Walton], y yo nos separamos [tras pasar nueve años juntos], y eso nos ayudó. Sabía que era muy importante para mí que la infancia de Emma fuera lo más normal posible, aunque en muchos aspectos fuera increíblemente anómala. Pero el mismo equipo viajaba junto, nosotras estábamos juntas tanto como era posible”.
A Walton lo conoció cuando ambos eran unos niños interesados en hacer teatro. Rápidamente entablaron una amistad que quedó plasmada en varios años de correspondencia, y luego se comprometieron, discretamente, durante una cena en la casa de la familia del novio. Se casaron en 1959, y cuando Disney contrató a la actriz para interpretar a Mary Poppins, su marido se encargó de crear el vestuario para la película. Pero, según algunas fuentes, “las presiones de la paternidad, combinadas con las obligaciones de la fama y el éxito, provocaron fracturas en el matrimonio”. En 1968 tomaron caminos separados y, aunque el divorcio fue amistoso, la situación resultó algo complicada, sobre todo para Emma, que a los 16 años tomó la decisión de vivir con su padre.
Discos y telefilmes
Al poco de aquello, Andrews encontraría a su media naranja en el director Blake Edwards, que también estaba divorciado y tenía dos hijos traumatizados por los intentos de suicidio de su madre. Según relató luego la actriz, Blake tenía una carrera tan ajetreada como la suya y sufría dolores crónicos de espalda, que le llevaron a una adicción a los opiáceos. “Pero Blake no era sólo una personalidad adictiva. También era brillante, con un millón de ideas y mucha energía”, dijo. Se enamoraron mientras ella rodaba bajo sus órdenes la película musical Darling Lili (1970) y tras darse el sí se instalaron en un bonito chalet suizo en Gstaad con una prole de críos, incluidas dos niñas huérfanas vietnamitas a las que adoptaron juntos.
Los artistas estuvieron unidos cuatro décadas, en las que a decir de ellos hubo muchas más sonrisas que lágrimas, hasta que él murió de neumonía (con Andrews a su lado). “El éxito de nuestro matrimonio consistió en vivir el día a día”, comentó una vez la actriz. En los 90 grabó varios discos y participó en algunos telefilmes, y ya en los primeros años del nuevo milenio se dio a conocer entre toda una nueva generación gracias a Princesa por sorpresa 1 y 2, en las que una entonces debutante Anne Hathaway descubría que era la heredera al trono de un estado europeo imaginario gracias a su abuela, la reina Clarisse Renaldi (Andrews).
En la segunda de esas cintas la veterana actriz sale interpretando Your Crowning Glory, el primer tema que cantaba en público o en la pantalla desde que en 1997 se sometiera a una intervención quirúrgica que le estropeó las cuerdas vocales. Poco antes había tenido que abandonar un espectáculo que estaba representando en Broadway por unos problemas de voz, y el médico le diagnosticó unos nódulos no cancerígenos en la garganta. «Cuando me desperté de la operación para que me quitaran un quiste en las cuerdas vocales, había perdido mi voz de cantante. Caí en una depresión, sentí que había perdido mi identidad», dijo al respecto Andrews, que en 1999 demandó por negligencia a los médicos que la habían operado en el hospital Mount Sinai de Nueva York y al final se sacó doce millones de libras de indemnización.
Después de participar en Princesa por sorpresa, Andrews fue dejando atrás los focos y las cámaras. Rob Marshall, director de El regreso de Mary Poppins (2018), la invitó a hacer un cameo en su secuela del clásico de 1964, pero ella lo rechazó. En declaraciones a Variety, el cineasta comentó que le propuso la idea al principio del desarrollo del proyecto y que la británica le dijo que prefería no hacerlo por respeto a Emily Blunt, a quien le tocaba dar su propio toque al icónico personaje. Pese a todo, no se puede decir que Andrews se retirara del oficio. No en vano ha hecho doblaje para películas como Shrek, felices para siempre (2010), Aquaman (2018) o la serie Los Bridgerton (2020-24), donde presta su voz a la narradora Lady Whistledown.
En 2019 recibió el León de Oro honorífico de la Mostra de Venecia de manos del director Luca Guadagnino, quien describió a la actriz como “un icono de los siglos XX y XXI, que aporta un clasicismo olímpico a todo lo que hace. Su elegancia se ha convertido en un valor absoluto”. En 2020, Andrews lanzó con su hija el podcast Julie’s Library, en el que las dos mujeres leen cuentos infantiles, y luego publicó con ella un libro en el que se reivindica el poder curativo de la música. En 2023 la vimos en un programa con el que la CBS rindió homenaje al veterano Dick Van Dyke (el entrañable deshollinador de Mary Poppins), y unos paparazzi la fotografiaron caminando por Long Island con la ayuda de un bastón. Ahora está a punto de soplar 90 velas y reside en su casa en Sag Harbor, una lujosa villa al este de Nueva York, de donde parece poco probable que la veamos salir para meterse en otro plató de rodaje.

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