Mari Trini, una artista valiente y fiel a sus ideas

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Mari Trini, la cantautora aristocrática de Murcia que pagó muy cara su  rebeldía | Famosos

Mari Trini ha sido una de las artistas más populares y quizá más enigmáticas de la música española. Tras un largo proceso de investigación, un nuevo libro, escrito por el periodista Miguel Fernández y publicado bajo el título Yo no soy esa que tú te imaginas (Plaza & Janés) indaga en las facetas que, durante varias décadas, alimentaron la leyenda en torno a la figura de este referente de la música ligera española que nació en Caravaca de la Cruz (Murcia) en julio de 1947. Desde la singularidad de su aspecto hasta la enfermedad que marcó su niñez, pasando por la poco idílica relación con el director americano Nicholas Ray, el pulso constante con una industria manejada por hombres o las razones del injusto ostracismo al que se vio sometida en sus últimos años de vida.
A principios de los años cincuenta, Mari Trini —cuyo verdadero nombre era María Trinidad Pérez de Miravete Mille— se instaló en Madrid porque el cabeza de familia era un abogado que recibió una oferta para dirigir una empresa en la capital española. En el libro se cuenta que, con solo siete años, compuso su primera canción, Pía Pía Pajarito, inspirada en un jilguero que le había regalado un peón de la finca familiar en Murcia, que nunca llegó a interpretar en público, y que creció debilucha. “Antes de alcanzar la adolescencia los médicos le diagnostican glomerulonefritis, una inflamación de los filtros pequeños de los riñones que la obligará a guardar reposo absoluto durante casi siete años. Más adelante, ya de mayor, sabrá que se trata de una dolencia autoinmune. El organismo genera anticuerpos que llegan a dañar el tejido renal. Ni en aquella época ni hasta mucho después hay un tratamiento eficaz”.

A los catorce, la artista experimentó una progresiva mejoría y volvió al colegio, aunque la larga convalecencia dejaría algunas secuelas en su personalidad. “Mari Trini era la reina de la casa, eso marcó mucho su carácter toda su vida”, comenta su hermana Miryam Pérez-Miravete Mille. “Luego, ya de adulta, cuando le tocó pelear duro, de repente sacaba un pronto muy fuerte, de niña mimada, pero, a la vez, era tremendamente sensible. A la gente, esa forma de ser le chocaba. Por un lado, la sensibilidad y, por otro, el genio que la empujaba a decir barbaridades, aunque después se arrepintiera. En su carácter tuvo mucho que ver la manera en la que había sido criada”.

Cuando tenía 16 años, tras recibir clases particulares de guitarra a cargo de Fernando Arbex, el hijo pequeño de una familia amiga de los Mille y que más tarde sería destacado miembro de Los Brincos, conoció al cineasta Nicholas Ray en una fiesta de la alta sociedad madrileña a la que ambos acudieron. El de Wisconsin, cautivado por su talento, le brindó la oportunidad de debutar en su local, el Nicca’s. También se erigió en su representante y la animó a salir de España, formarse y conocer gente. Por eso acabó la murciana en Londres, donde además de protagonizar su presentación televisiva —cantando tres temas: uno en español, otro en italiano y el tercero en francés— conoce a Peter Ustinov y ve de cerca a Paul McCartney, quien por lo visto le llegó a tirar los tejos.

A continuación se trasladó a París, donde en 1965, tras firmar su primer contrato discográfico con Pathé-Marconi por tres años, consiguió grabar en los míticos estudios de la rue de Sèvres un EP con cuatro canciones propias. Pero las relaciones entre la cantante y el director de cine se fueron deteriorando, hasta caer en el acoso por parte de este último. “Hubo un momento muy decepcionante porque me di cuenta, y esto lo puedo decir con toda sinceridad, que al final lo que había pasado es que este hombre se había enamorado de mí, que es lo clásico, lo que sucede siempre, aunque yo no me había dado cuenta, porque él tenía cincuenta y pico años y yo solo diecisiete”, contaría ella al respecto. “Lo comprendí el día en que no solo se insinuaba, sino que pretendió acostarse conmigo. A partir de ahí le dije que aquello no era así y desapareció nuestra relación y nuestro contrato”.

Al romper con el director se esfumaron muchas comodidades para Mari Trini, que tuvo que aprender a ganarse las habichuelas con otros empleos: desde trabajar en una casa, limpiando y preparando la comida, a vender porcelanas en una tienda. En sus ratos libres siguió tomando clases de voz e interpretación y aprovechando cualquier oportunidad para actuar en pequeños locales. Volvió a España tras la muerte de su padre, y en 1967 fue contratada por RCA, un sello norteamericano que había abierto su filial española.

Las apariciones en TVE proporcionaron a la cantante una cierta popularidad, sobre todo entre la gente de su edad. “Le encantaba salir y entrar, coquetear, tener novios”, asegura en el libro Miryam. “Fardaba un montón. Era un demonio emplumado. Un demonio. Y mira que no le gustaba nada arreglarse ni maquillarse, pero con ese pelo rubio que tenía, todo rizado, esos ojos azules y, encima, si estaba a gusto, cogía la guitarra y cantaba donde fuera… Pues sí, se llevaba a todo el mundo por delante. Ligaba una barbaridad. Desde luego, ella se quedaba siempre con el más guapo, a mí me tocaba siempre el feo. Salíamos hasta las tantas de la noche. Claro que tuvo novios. Varios. En realidad, los hombres se enamoraban de ella”.

Una de aquellas noches, en el año 1969, las dos hermanas acudieron a un conocido restaurante, Le Bistrot, frecuentado por periodistas y personajes importantes, entre ellos, el entonces aspirante al trono de España, Juan Carlos de Borbón. La propietaria del establecimiento, Claudette Lanza, era una treintañera parisina, alta y elegante, de la que comentaban que se había separado de su marido y tenía un hijo preadolescente. La complicidad entre Claudette y la joven cantante fue total e instantánea, hasta el punto de que, desde ese instante, ya no se separarían jamás. Siempre en segundo plano, la francesa, a la que las revistas presentaban como ‘asistente’ de la murciana, empezó a organizar su agenda, acompañarla en el camerino durante las galas, acudir a las sesiones de grabación, e incluso diseñar las portadas de sus álbumes.

“Vivieron juntas durante casi cuarenta años con absoluta normalidad y, si miras la hemeroteca, comprobarás que se dejaban ver juntas en todas partes”, responde Fernández a este periódico cuando se le pregunta por el mito de que la cantante fue incapaz de vivir su sexualidad sin ocultarse. “Hoy en día parece que si no ejerces un cierto liderazgo es porque te estás escondiendo. Existe un término medio que, por cierto, es el que adoptaron muchas mujeres de ese tiempo que vivían juntas. Los periodistas de la época, que buscaban un titular, le preguntaban a Mari Trini si tenía novio o si pensaba casarse, y ella, sin resultar antipática ni grosera, se iba normalmente por los cerros de Úbeda. En Francia, Hervé Vilard fue el primer cantante francés en asumir públicamente su homosexualidad. Cuando un periodista le preguntó si tenía novia, él respondió ‘No, tengo novio’. Pero eso solo se lo podía permitir un país como Francia. Aquí estábamos a años luz de eso. ¡La Ley de Peligrosidad Social del franquismo seguía todavía vigente! La invisibilidad es una forma de homofobia, y aquí se practicó. Lo que me duele es que hoy día hablan de ‘la discreción’ de Mari Trini. Lo suyo no era una cuestión de discreción, sino de invisibilidad”.

El autor también desmonta la leyenda de aquella supuesta parálisis facial que le quedó a Mari Trini tras someterse a una intervención quirúrgica. “A pesar de lo que se haya dicho desde entonces, no fue ni mucho menos una parálisis”, aclaran sus hermanos. “Se exageró mucho con eso. Simplemente, el labio superior perdió algo de firmeza, y en determinados momentos, como cuando sonreía, se contrariaba o estaba tensa, se desplazaba hacia un lado, torcía el gesto. Era tremendamente tímida y en el escenario, o en una sesión de fotos, en alguna circunstancia más o menos importante, lógicamente se ponía en tensión y el nervio se levantaba más de lo normal. Eso era todo. Si hubiera sido una parálisis, no habría podido cantar”.

Un momento clave en su carrera fue su encuentro con el orquestador argentino Waldo de los Ríos, que estaba detrás de muchos de los éxitos del momento y, en verano de 1969, la llevó a Hispavox, el sello más importante de España en aquellos días. Enseguida grabó Amores, con Rafael Trabucchelli en la producción y De los Ríos en los arreglos junto con un gran equipo de músicos. Fue el disco que la convirtió en la número uno y en un objeto de admiración para varias generaciones. “Con Amores”, señala en el ensayo el escritor y catedrático universitario Octavio Salazar Benítez, ”Mari Trini se convierte en el eslabón entre los años cuarenta, cincuenta o sesenta, y todos los cambios que llegaron con los setenta y ochenta; engarza la copla, Concha Piquer, Lola Flores con la Movida. Pertenece a una generación puente de muchas mujeres cuya memoria todavía no se ha escrito del todo, no está bien contada”. Gracias a ese disco, que permaneció más de un año en las listas de los más vendidos y se editó en distintos países del mundo, se desató alrededor de la cantante una ola de admiración que excedía de los gustos musicales. No en vano, Mari Trini empezó a recorrer España de cabo a rabo, ofreciendo galas con un caché que se acercaba a las 170 mil pesetas (algo más de 1.000 euros actuales, una barbaridad para la época), lo que la convertía en la cantante mejor pagada, y rara era la semana en la que no aparecía en una revista, un periódico o un programa de televisión.

Liberada de la falsa imagen que siempre la presentó como solitaria, arisca y triste, la intérprete de Una estrella en mi jardín se nos muestra en el libro como una mujer luchadora y valiente, capaz de plantar cara a la censura y al machismo, y de mantenerse siempre fiel a sus ideas. “Durante más de dos décadas, Mari Trini se muestra reticente e incluso combativa ante el feminismo”, explica Fernández. “En sus declaraciones critica sin rodeos el machismo, el matrimonio y, en algunos momentos, el aborto, pero rechaza presentarse como feminista y atiza sin piedad a sus activistas. Muchas de ellas, dice textualmente en 1980, son una especie de marimachos, como esos bandoleros a lo Curro Jiménez. La mujer, añade, ha de defender sus derechos contando con el hombre y sin dejar de ser femenina”. Esa aparente contradicción, añade el periodista, no es exclusiva, ni mucho menos, de Mari Trini en un momento tan políticamente convulso como la etapa de la transición a la democracia. “Muchas mujeres, para las que la palabra ‘feminismo’ está cargada de connotaciones negativas, optan por un individualismo radical que, en sus formas, no difiere de una práctica feminista. Raro es el álbum en el que, además de historias de amor, en las que la narradora dista mucho de adoptar una actitud sumisa en la relación, no incluye un retrato-denuncia de una mujer sometida”.

Cansada de la imagen de la muchacha ingenua que solo canta cosas románticas, Mari Trini decidie dar un golpe de timón a su carrera a finales de los setenta. Para ello, abandona a Trabucchelli, artífice de muchos de sus éxitos, e incorpora a su equipo a la pianista Maryní Callejo y a un arreglista italiano, Danilo Vaona, que venía de trabajar con grandes como Mina o Raffaella Carrà. “Con Solo para ti, que sale en 1978, Mari Trini se convierte en la primera artista española en producir su propio álbum”, apunta el biógrafo. “Ella fue la primera en creer en Danilo, con el que luego quisieron trabajar todos: Perales, Víctor Manuel, Raphael,… También cambió de imagen: cuelga aquellos pantalones y vestidos largos, se pone en manos del peluquero Ruphert… Y en 1984 protagoniza aquel desnudo sorprendente en Interviú, con fotografías de Serapio Carreño. Lo hizo para romper con aquella historia de la ‘fealdad’, y porque vio que otras artistas también lo estaban haciendo y pensó: ‘¿Por qué yo no?’”. Se llegó a rumorear que también había realizado aquel reportaje para hacer frente a los problemas económicos que pasaba tras presuntos engaños y estafas a lo largo de su carrera, algo que ella desmintió.

De hecho, Mari Trini seguía estando entonces entre las artistas más cotizadas del país. Sin embargo, sus actuaciones cayeron en picado a partir de 1986 y, al año siguiente, Hispavox rescindió su contrato sin que ninguna discográfica mostrara interés por ficharla. “Mari Trini consiguió sobrevivir a esa circunstancia con mucha dignidad, porque toda esa etapa de su vida me parece un ejemplo de resiliencia”, comenta Fernández. “Cuando has sido la número uno y, de pronto, te las ves y te las deseas para conseguir que te hagan un disco… Esto no es algo fácil de gestionar a nivel emocional. Pero se adaptó a las exigencias de la industria, que cambió por completo y le decía ‘Vale, puedes grabar siete canciones nuevas, pero tres tienen que ser versiones de tus grandes éxitos para que podamos vender el álbum en formato cassette en las gasolineras’. Aceptó esas nuevas reglas y siguió haciendo galas. Fue adaptando su vida personal a esta nueva situación. Es cierto que pudo haberle dado un empuje a su carrera entrando a un reality o vendiendo a una revista alguna historia escabrosa, pero no hizo nada que pudiera echar por tierra su prestigio”.

En 1996 se instaló en San Pol de Mar, en la costa catalana, y en 2001 puso todas sus esperanzas en un disco grabado junto a Los Panchos, pero este proyecto resultó un fiasco y la situación la sumió en una profunda depresión. Animada por su hermano, se trasladó a vivir a Murcia, donde cantaría en público por última vez y la salud ya no dejaría de proporcionarle sobresaltos. En una entrevista, concedida poco después de que le extirparan el riñón que había marcado su existencia desde que era una niña, comentó a los periodistas que vivía muy feliz en su tierra, rodeada de su familia y de viejos amigos: “A mí no se me nota la tristeza. Tengo anemia, estoy cansada, me duelen los puntos, porque está todo muy reciente. No obstante, aún me queda la humanidad para no quejarme y acordarme de todos los niños que se mueren de inanición. Yo, al fin y al cabo, ya cumplí un ciclo de mi vida y no quiero morirme nunca, o cuando me tenga que morir, pero con tantas criaturas desamparadas e injusticias tremendas como hay en el mundo, pienso que esto mío es una cosa que pasa puntualmente y que aquí estoy para afrontarlo”.

En 2005, la SGAE y la multinacional EMI, propietaria de los fondos de la antigua Hispavox, le tributaron un bonito homenaje, durante el cual se le hizo entrega de un disco multidiamante en reconocimiento a los más de diez millones de copias vendidas durante casi cuatro décadas. Por desgracia, un reconocimiento rutinario reveló a principios de 2008 la existencia de metástasis en uno de sus pulmones procedente de un cáncer de hígado. Ya entonces había restringido al máximo la comunicación con los amigos, quienes quedaron devastados cuando, el día 6 de abril de 2009, se comunicó que la artista había fallecido en una cama del Hospital Universitario Morales Meseguer. Claudette, trece años mayor que ella, murió en mayo de 2023.

Pocos meses después de esto se estrenó en cines Te estoy amando locamente (2023), donde el tema Yo no soy esa, con diferencia la canción más popular de Mari Trini, recuperaría su tono más reivindicativo como parte del argumento y la banda sonora de esta inspiradora película sobre la aparición de los grupos de defensa de los derechos de las personas LGTBIQ+ en la España de 1977. “Aunque parezca que Mari Trini y Claudette no hicieron nada por el colectivo, el hecho de que salieran juntas en una foto o se dejaran ver tomando algo junto a Gloria Fuertes y otras amigas, tenía ya de por sí un valor testimonial importante para miles de personas que tenían que vivir escondidas”, apostilla Fernández. “El motor de cambio no se da solo en una tribuna, un mitin o una declaración. La actitud de Mari Trini suponía un comportamiento ético y cívico, fue valiente. Y creo que el Ministerio de Igualdad está tardando en reconocer eso, del mismo modo que el Ministerio de Cultura está tardando en darle una medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes a título póstumo”.

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