Núria Graham escala su montaña mágica en Paral·lel 62

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 Concierto de Nuria Graham en la sala Palal.lel 62. 

La cantante de Vic desplegó su refinado ‘Cyclamen’, un álbum que marca un giro sónico en su trayectoria, menos pop y más abierto a un paisajismo ensoñador, y que ha reforzado su proyección internacional

Una semana atrás asistíamos al pandemónium latino de Bad Gyal en el Palau Sant Jordi, y este viernes, en Paral·lel 62, en el Festival Guitar BCN, al que podríamos calificar de su reverso estético: el mundo de insinuaciones mágicas y metáforas naturalistas de Núria Graham. Artistas en la veintena ambas, con decidida proyección internacional, cuyas diferencias abismales, en lenguaje musical y en actitud, nos invitan a la prudencia a la hora de dedicar calificativos lapidarios a las generaciones Y o Z.

Lo de Núria Graham se mueve en las afueras del ‘mainstream’, si bien su renovada propuesta pop de arte y ensayo disfruta del sustento de destacados sellos internacionales (Verve, Universal), de las atenciones de la crítica ‘anglo’ (elogios en ‘Mojo’ y ‘Pitchfork’) y, tan o más importante, del calor de los suyos, ese público que agotó hace días las entradas del concierto. Noche de tiros largos, a cuenta de su álbum más audaz, ‘Cyclamen’, en el que se adentra, como depurada cancionista, en un bosque de fábulas, alertas medioambientales y corazones rotos valiéndose de originales acentos tímbricos.

Paisaje de ensueño
La Núria Graham pianista centró la foto desde el pórtico de ‘Procida I’, a través del cual nos descubrió el paisaje de ensueño en el que bascularon dos piezas muy estimables, ‘The catalyst’ y ‘Yes it’s me, the goldfish’ (esta, con una cita a ‘Connemara’ como exquisita introducción). Envolviéndola con sus puntos de luz, un minucioso manto hecho de vientos frugales (Marcel·lí Bayer), el hechizo natural del arpa (Anna Godoy), las percusiones más sutiles (Malcus Codolà, de B1N0) y la guitarra eléctrica minimalista (Jordi Matas). Combo capaz de combinar el pasaje más melodioso con el pellizco jazz disonante.

Las trece canciones de ‘Cyclamen’, más un estreno sin título (conocido) y otras cuatro de su obra anterior, con nuevos tratamientos, nos hablaron de una Graham en acelerada evolución hacia una música con menos reglas que en el pasado, más abierta a la inventiva y a una serena excentricidad. Una catedral de tonadas flotantes y arreglos que insinúan paisajes de fantasía.

Músicas que deslizaron vínculos con altos referentes: la primera Kate Bush en las secuencias de pianismo, como ‘Oh I bless thee’, o Nick Drake (con un toque de Joanna Newsom) en ‘The beginnings of things’, donde ella se pasó a los arpegios de guitarra clásica. Y PJ Harvey en la airada ‘Disaster in Napoli’, que pilotó manejando el ‘riff’ de bajo eléctrico. Una pieza esta que nos recordó el poso primitivo, telúrico, de los textos del álbum (con vistas líricas a erupciones y desastres naturales) y de la propia Núria Graham como creadora enraizada en el rock. Quizá en encontrar el balance perfecto entre su fondo salvaje y el refinamiento está el camino a seguir, la nueva meta en la escalada de la montaña.

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